Uno de los aspectos más sorprendentes de la vegetación de Lanzarote, a pesar del clima semidesértico de la isla, es la gran abundancia de líquenes que recubren los terrenos volcánicos, tanto los de origen reciente (Timanfaya, Volcán Nuevo, Tinguatón) como otros más antiguos (Malpaís de la Corona, Acantilados de Famara). Las pequeñas fisuras y oquedades de los sustratos volcánicos facilitan la fijación de los propágulos liquénicos, sobre todo en los lugares ventosos expuestos a la humedad de los alisios ya la brisa marina. Los líquenes, por lo general, absorben el agua y los nutrientes directamente a través de su talo, sin que necesiten mayores requerimientos para prosperar.
Hasta el momento se han citado unas 150 especies liquénicas para la isla, aunque posiblemente su número se aproxime a las 200 (Follmann en Kunke11978; Champiom & Sánchez-Pinto 1978). Hay que tener en cuenta que muchas especies son diminutas y resultan difíciles de detectar, particularmente en los períodos secos, ya que su talo se hace casi imperceptible.
En los acantilados costeros, como los de Famara, se desarrollan importantes comunidades de orchillas. Estos líquenes, pertenecientes al género Roccella, se recolectaban antiguamente para obtener un tinte púrpura, y constituyeron una de las fuentes de ingreso más importantes para la primitiva economía isleña.